La Biblioteca Municipal de Totana era la tarde del pasado 23 de abril , como tantas otras veces a lo largo de décadas, un lugar donde el tiempo parecía detenerse. El mismo espacio donde varias generaciones de vecinos aprendieron a buscar respuestas —cuando apenas había más instrumentos que la enciclopedia Espasa o el diccionario de Pascual Madoz, ese volumen de 1850 que resistía el paso de los años entre las estanterías— volvió a llenarse de curiosidad, de caras conocidas y de ese silencio cómplice que precede a las buenas conversaciones. La señorita Lourdes, recordada con cariño y también con un punto de respeto reverencial, ya no estaba para poner firmes a los más revoltosos. Pero su legado de seriedad y entrega permanecía intacto en el ambiente.
Isabel Román, responsable de la biblioteca, dio la bienvenida con una frase que resumía bien el espíritu de la tarde: el cronista oficial se lo merece, dijo, antes de cederle la palabra a Juan Cánovas Mulero. Era el Día del Libro. Una tarde de sol que invitaba a quedarse en la calle. Y sin embargo, la sala estaba llena.
Cánovas Mulero comenzó con la humildad característica de quien lleva años hablando en público sin haber perdido nunca el pudor: reconoció que quizá el título de la charla generaba demasiada expectación y que a lo mejor él no estaba a esa altura. El título en cuestión era este: El rey persa Jerjes cabalga sobre la fuente de la plaza de Totana. Una promesa tan llamativa como improbable. Y, sin embargo, completamente cierta.
I. Una inscripción, un nombre, un mundo
Todo empezó con un detalle diminuto. En el remate de la fuente de la plaza, esa obra que Juan de Uzeta talló entre 1750 y 1753 para coronar el acueducto que traía agua desde la Carrasca, hay varios escudos con inscripciones latinas. En uno de ellos aparece un nombre que no tiene nada que ver con Totana, con el Reino de Murcia ni con la España del siglo XVIII. Aparece Jerjes. El rey del Imperio Persa. El mismo que cruzó el Helesponto con un ejército de decenas de miles de hombres para conquistar Grecia.
¿Qué hace Jerjes en una fuente de Totana? La respuesta está en una pequeña anécdota recogida por Heródoto, el historiador griego del siglo V antes de Cristo considerado el padre de la Historia. Cuando el rey persa avanzaba hacia Asia Menor con su inmenso ejército, los pueblos por los que pasaba le ofrendaban todo lo que tenían. En aquella época los monarcas se rodeaban deliberadamente de una aureola casi divina —era también, hay que decirlo, una eficaz herramienta de poder—, y la gente les ofrecía presentes para ganarse su favor o simplemente para no despertar su ira. En uno de esos pueblos, un campesino, un hombre sencillo sin más bienes que lo puesto, se acercó al rey y le ofreció un cuenco de agua. No tenía otra cosa. Jerjes, lejos de despreciarlo, se conmovió profundamente. Que hasta el más humilde de sus súbditos quisiera rendirle pleitesía con lo único que tenía le llegó al alma.
Esa escena, aparentemente menor, es la que inspiró la inscripción de la fuente de Totana. El texto, dirigido al rey Fernando VI bajo cuyo reinado se autorizó la obra, y a la Orden de Santiago que la supervisó, viene a decir lo siguiente:
«Así como plació a Jerjes el agua que el rústico ofreció, así también plazcan nuestros dones a tus ojos.»
Un gesto doble, en realidad. De gratitud hacia el monarca por haber permitido la construcción de una infraestructura imprescindible. Pero también de afirmación conjunta: porque los recursos, como subrayó el cronista, fueron del propio pueblo. Totana pagó su fuente. Y lo dijo con orgullo, en latín, grabado en piedra, para que durara siglos.
II. El Imperio Persa: contexto de un nombre
Para entender qué hacía Jerjes en esa inscripción, Cánovas Mulero dedicó un tiempo a situar al personaje en su contexto histórico. No con ánimo de dar una clase magistral —él mismo advirtió que la historia del Imperio Persa es un tema de una complejidad extraordinaria—, sino para que el nombre en la piedra tuviera carne y hueso.
El Imperio Aqueménida se había formado entre los siglos VII y VI antes de Cristo. Se extendía desde Anatolia hasta el Indo, un territorio de dimensiones difíciles de imaginar. Su primer gran artífice fue Ciro el Grande, un gobernante recordado no solo por su poderío militar sino por una política relativamente tolerante hacia los pueblos conquistados. A su muerte, las tensiones internas entre los distintos pueblos que conformaban el Imperio —medos, babilonios y otros— obligaron a su sucesor, Darío el Grande, a sofocar rebeliones y recomponer la unidad.
Darío recurrió para ello a tres instrumentos fundamentales: una lengua común, el arameo —la misma lengua que hablaría siglos más tarde Jesucristo y que hoy sobrevive apenas en algunas comunidades aisladas—; una religión unificadora, el zoroastrismo, una de las primeras religiones monoteístas de la historia, fundada sobre el principio de buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones; y la figura del monarca elevado casi a la categoría de dios. El comercio se activó, las comunicaciones mejoraron, y se construyó un ejército extraordinario: los Inmortales. Diez mil soldados de élite a los que se llamaba así porque nunca eran menos de diez mil: en cuanto caía uno, era reemplazado de inmediato.
Fue Darío quien inició el conflicto con Grecia, empujado por las tensiones que Atenas había estado alimentando en las ciudades griegas de Asia Menor. Su avance acabó en una derrota humillante en la batalla de Maratón, donde un ejército griego numéricamente inferior pero infinitamente mejor organizado y motivado frenó a los persas. Esa herida quedó abierta. Y fue su hijo Jerjes quien intentó cerrarla.
Jerjes emprendió su campaña en el 480 antes de Cristo con uno de los ejércitos más grandes que el mundo antiguo había visto jamás. Cruzó el Helesponto —ese estrecho de apenas kilómetro y medio que separa Asia de Europa— sobre un puente de barcas. Cuando el mar destruyó el primer puente, Jerjes, furioso, ordenó azotar las aguas con trescientos golpes y arrojar hierros incandescentes al mar como castigo. Después construyó un segundo puente y siguió avanzando. Esa imagen —un rey que manda flagelar el océano— dice mucho del carácter del personaje.
En las Termópilas, Jerjes se topó con la resistencia legendaria de Leónidas y sus espartanos. La versión popularizada por el cine habla de trescientos guerreros; en realidad había más combatientes griegos, incluidos tespios y tebanos, aunque los espartanos eran los que encabezaban la resistencia. Un pastor traicionó a los griegos indicando a Jerjes un camino alternativo para rodearlos. La batalla se perdió. Pero la actitud heroica de Leónidas dejó desconcertado al rey persa: no entendía cómo podían luchar con tanta ferocidad sin el látigo ni la esclavitud que empujaban a muchos de sus propios soldados. Uno de sus consejeros se lo explicó: los griegos no tenían el yugo del miedo, sino el de la libertad. Jerjes no lo entendió. O no quiso entenderlo.
Tomó Atenas, incendió la Acrópolis. Pero la soberbia —esa arrogancia que Cánovas Mulero señaló con una mirada al presente, porque creerse con capacidad de manipular el mapa del mundo como a uno le plazca no es una invención de la Antigüedad— le pasó factura. Los griegos, conscientes de que no podían enfrentarse a los persas en tierra, los atrajeron hacia el mar. En la batalla de Salamina, las enormes y pesadas naves persas no pudieron maniobrar en aguas estrechas, mientras los trirremes griegos, más ágiles, los destrozaron. Jerjes se retiró. En Platea, su ejército sufrió la derrota definitiva. Regresó a sus tierras y murió años después, asesinado en intrigas palaciegas.
Ese es el Jerjes que está grabado en la fuente de la plaza de Totana. Un hombre que lloró al ver su ejército y supo que todos iban a morir. Que azotó el mar porque no podía con el mundo. Y que se conmovió ante un cuenco de agua que le ofreció un campesino.
III. La obra que lo cambió todo: agua para Totana
La fuente no es solo un monumento. Es la memoria de una necesidad. Totana es tierra de secano. El agua disponible para el riego, la que llegaba de la bóveda o de las Cabezuelas, era un agua no apta para el consumo humano. Había en la zona de la Tejera un agua de mejor calidad, pero insuficiente para abastecer a toda la población. Durante siglos, el acceso al agua potable fue uno de los problemas más acuciantes de la vida cotidiana en el municipio.
Entre 1750 y 1753 se concluyó una obra que cambió esa realidad: el acueducto que traía agua desde la Carrasca hasta el centro del pueblo. Diecisiete kilómetros de recorrido. Veintiocho arcos. Ochocientos setenta y tres metros de desnivel salvados con una precisión técnica que hoy seguiría siendo notable y que en el siglo XVIII era, en palabras del propio Cánovas Mulero, sencillamente faraónica. La inauguración fue una fiesta. Iluminarias, balcones engalanados, fuegos. El pueblo celebraba que por fin tenía agua limpia.
El nombre que ha quedado asociado a la fuente es el de Juan de Uzeta, el escultor que talló el remate y los escudos. Nacido en Baza, llegó a Lorca, donde conoció a Jerónima, hija del escultor Jerónimo Caballero, y se casó con ella. Curioso vínculo: Jerónimo Caballero fue quien realizó el retablo de la Santa entre 1716 y 1722, y quien doró ese retablo fue Silvestre Martínez Teruel. Lo que significa que De Uzata y Silvestre se conocían, trabajaban en los mismos círculos y muy probablemente fue esa red de confianza la que llevó a que De Uzata fuera elegido para esculpir el coronamiento de la fuente. No en vano era también especialista en heráldica: muchos de los escudos del Ayuntamiento, la Colegiata y el edificio de los juzgados de Lorca llevan su mano.
Pero el verdadero artífice técnico de toda la obra fue otro: Silvestre Martínez Teruel, totanero, hijo de un pintor reconocido, y uno de esos hombres que aparecen de vez en cuando en la historia local y que la historia oficial tiende a olvidar. El padre Ortega, en su obra Descripción publicada en 1753, escribió sobre él:
«No es de profesional arquitecto y sí de un genio tan universal y peregrino que todas las artes entiende con primor.»
Pintaba, arreglaba relojes, fundía campanas, construía y diseñaba sistemas hidráulicos. Fue él quien trazó el recorrido del acueducto, quien calculó los desniveles, quien hizo posible que el agua de la Carrasca llegara a la plaza. La fuente lleva el nombre de Juan de Uzeta desde la llegada de la democracia. Quizá algún día también lleve el de Silvestre. Ese era, dijo explícitamente el cronista, uno de los motivos que le animaron a proponer esta charla.
Entre los detalles más elocuentes de la fuente hay uno que no aparece en los documentos pero sí en la piedra: el hueco formado en el jaspe negro por generaciones de manos que se apoyaron allí para beber. Una fotografía de Antonio López captó ese surco cuando la fuente estaba recién restaurada. Es una forma de memoria que no necesita palabras: habla del esfuerzo cotidiano, de la sed y del agua ganada, de siglos de vida aferrada a ese chorro de agua.
IV. Las lágrimas de Jerjes: lo efímero y lo perdurable
Hay un momento en los relatos de Heródoto que le sirve al cronista como eje filosófico de toda la tarde. Cuando Jerjes, en la cima de su poder, contempla desde una colina el inmenso ejército que ha reunido —cientos de miles de soldados extendidos por la llanura—, rompe a llorar. Sus generales, desconcertados, le preguntan qué le pasa. Y Jerjes responde: que dentro de cien años no quedará ninguno de esos hombres con vida.
Es una imagen extraordinaria. Un hombre que tiene el mundo en sus manos y llora porque sabe que todo es efímero. No es debilidad: es lucidez. Y esa lucidez le sirve a Cánovas Mulero para plantear la pregunta que late bajo toda la charla: ¿qué permanece? ¿Qué queda de lo que construimos, de lo que vivimos, de lo que somos?
Aplicada a Totana, la pregunta tiene respuestas concretas. Y algunas de esas respuestas duelen.
Lo que se ha ido
El cronista fue cuidadoso: no buscó culpables. Constató una realidad. Y lo hizo con esa honestidad incómoda que viene de quien ha dedicado décadas a conocer su pueblo en profundidad. Él mismo recordó cómo de jóvenes se preguntaban, con la indignación fácil de la adolescencia, cómo Europa había podido consentir los horrores del nazismo. Y cómo hoy, adultos, ven cosas terribles en el mundo y no saben muy bien qué hacer. Esa misma impotencia, trasladada a lo local, explica muchas pérdidas.
El Cine Español. El Cine Rosa. Un pequeño teatro en el Raiguero, de los años veinte, donde generaciones de totaneros hicieron obras de teatro y que hoy está en ruinas —aunque hay quien trabaja por recuperarlo, como José Antonio Guerao desde la Asociación Kalathos, inspirado en una rehabilitación similar que se ha hecho en Mazarrón con encanto y sencillez—. La Casa de la Encomienda, de la que solo quedan los escudos rescatados a tiempo por Juan María, el maestro de la villa. Toda la red hidráulica de la Rambla de los Molinos, ese sistema de aprovechamiento del agua para la molienda que fue durante siglos el motor económico de una parte del municipio, hoy en ruina total. Los regadíos tradicionales. Y algo más intangible: el olor a azahar que en primavera envolvía el pueblo entero cuando los naranjos florecían. Hoy hay que subir a los huertos para encontrarlo. La competencia de naranjas importadas a mitad de precio ha hecho lo que no pudo el tiempo.
Y junto al azahar, ese tejido de convivencia vecinal que se construía en los corrales, en las puertas de las casas, en las habaneras cantadas en común, en el compartir vivencias y chascarrillos que hoy resulta tan difícil de recuperar porque la vida se ha vuelto más rápida y más interior.
Lo que resiste y lo que se construye
Pero la charla no fue un lamento. Fue también, y quizá sobre todo, un reconocimiento. Porque Totana sigue generando cultura, conocimiento e identidad, y eso merece ser celebrado con igual intensidad.
Los Cuadernos de la Santa cumplen este año 2026 veintisiete años de existencia. Nacieron en 1999 con pocas esperanzas de vida, como reconoció el propio Cánovas Mulero, que es uno de sus artífices. Hoy siguen publicándose gracias al trabajo y la colaboración de muchos vecinos. Es un logro silencioso pero enorme: mantener viva una publicación de historia local durante casi tres décadas en un pueblo de treinta mil habitantes.
La recuperación del Premio Alporchón es otra buena noticia: este año lo ha ganado Jesús Sánchez Aguacil con un trabajo sobre la presencia romana en Totana. Las Jornadas de Historia y Patrimonio, compartidas con Aledo en años alternos, llevan ya tres ediciones y han conseguido algo difícil: implicar a jóvenes.
También merece mención la Feria del Libro, recuperada con energía y buen criterio. Y la publicación de Calabazuela, un pequeño fanzine editado por el Centro Cultural y Obrero: cálido, coqueto, fácil de leer, de esa clase de objetos que caben en el bolsillo y que uno guarda. Y para el próximo sábado 25, la presentación de un libro sobre la condición de la mujer en el posfranquismo, escrito por una profesora de la Universidad de Castilla-La Mancha. Y el trabajo de Dolores sobre la pintora Eulalia, con esa ternura y cercanía que tienen las obras hechas con amor y conocimiento. La recuperación en proceso de los pozos de nieve. Y las excavaciones en La Bastida, donde los arqueólogos de la UAB siguen sacando a la luz los secretos de uno de los yacimientos de la Edad del Bronce más importantes de Europa. Y Las Cabezuelas.
El catálogo de lo que se conserva y se crea es largo. Y eso, insistió el cronista, hay que reconocerlo y celebrarlo.
Los retos
Quedan deudas pendientes. La más evidente es la del casco histórico: calles que se vacían, edificios que se deterioran, una arquitectura que habla de quiénes somos y que necesita habitantes para vivir. Cánovas Mulero no propuso fórmulas mágicas —no era ese el propósito de la tarde— pero sí señaló que la solución pasa por hacerlo habitable y accesible: que la gente joven pueda vivir allí, que las viviendas sean asequibles, que el barrio tenga vida. Otros municipios lo están logrando. Totana puede hacerlo también.
Y luego el reto de las nuevas generaciones: cómo transmitirles el valor de lo heredado sin que suene a lección ni a obligación. Cómo conseguir que los jóvenes sientan la historia local como algo suyo y no como algo ajeno. Las Jornadas de Patrimonio demuestran que es posible. El trabajo en las escuelas también. Pero queda mucho camino.
V. Los azotes de la historia
El tercer momento que articuló la charla partió del episodio más famoso de la ira de Jerjes: cuando el mar destruyó su primer puente sobre el Helesponto, el rey ordenó azotarlo con trescientos golpes y arrojar cadenas al agua. La imagen es absurda y grandiosa a la vez: un hombre que castiga al océano porque no puede dominarlo.
Con ese episodio como metáfora, el cronista repasó los grandes azotes que han golpeado Totana a lo largo de su historia. No todos. Solo algunos, para que se entienda de dónde venimos y qué han tenido que soportar quienes vivieron antes que nosotros.
Sequía y despoblación
El agua, otra vez. Durante siglos, la falta de lluvia fue el gran enemigo. Los archivos históricos recogen periodos de hasta diez años consecutivos sin precipitaciones significativas. La tierra se cuarteaba, los cultivos se perdían, los animales morían. Y la gente se iba. Los documentos hablan de momentos en que la villa de Totana quedó reducida a unos pocos centenares de vecinos, apenas un núcleo de resistencia aferrado a una tierra que no daba casi nada. Los viajeros extranjeros que cruzaban la zona en el siglo XVIII y el XIX dejaron testimonios duros: pobreza extrema, escasez de todo, gente que vivía en condiciones que hoy resultarían inimaginables.
Epidemias y catástrofes
A la sequía se sumaron las epidemias. La peste, el cólera, la fiebre amarilla. Enfermedades que arrasaban poblaciones enteras en cuestión de semanas y que dejaban a las familias diezmadas. Y junto a las epidemias, las catástrofes naturales: las riadas. La más recordada fue la provocada por la rotura del pantano de Puentes en 1802, una de las mayores tragedias naturales de la historia de la región, que arrasó pueblos enteros y dejó un rastro de destrucción que tardó décadas en cicatrizar. Y las guerras, con sus levas y sus hambrunas y su destrucción de lo que con tanto esfuerzo se había construido.
La historia de Totana, como la de cualquier pueblo con siglos de existencia, es una historia de resistencia. De generaciones que encontraron la manera de seguir adelante cuando las razones para rendirse eran más numerosas que las razones para continuar.
VI. El dolor que no aparece en los libros: los expósitos
Hubo en la charla un momento de silencio diferente. No el silencio de la concentración sino el de la emoción contenida. Fue cuando Cánovas Mulero habló de los expósitos: los niños abandonados por sus madres en las puertas de las iglesias, los hospitales o los conventos.
No era infrecuente. En una sociedad que no admitía determinadas situaciones —el hijo fuera del matrimonio, la pobreza extrema que hacía imposible alimentar una boca más, la enfermedad—, el abandono era a veces la única salida. Los bebés aparecían en los escalones de las iglesias, muchas veces de madrugada, en silencio. Y algunos iban acompañados de notas. Pequeños papeles escritos con letra temblorosa que revelaban un sufrimiento imposible de disimular.
Una de esas notas, recuperada de los archivos, decía simplemente: «Es hija de la desgracia y no del crimen.»
Cinco palabras que contienen todo: la vergüenza social, el amor materno, la desesperación, la dignidad que alguien quiso preservar incluso en el momento más oscuro de su vida. Otras madres dejaban señales —un trozo de tela, la mitad de un papel recortado, un color específico de hilo— con la esperanza de poder identificar algún día a su hijo y reclamarlo. Señales que raramente sirvieron para algo, porque la mortalidad infantil era altísima y los niños abandonados tenían pocas posibilidades de sobrevivir.
Este bloque, quizá el más impactante de toda la tarde, cumplía un propósito claro: recordar que la historia local no es solo la historia de los acueductos y los escudos y los reyes. Es también la historia de las mujeres que no tenían nombre en los documentos oficiales. La historia del dolor que no aparece en las crónicas porque no hubo nadie con poder para escribirlo.
VII. El olvido como único enemigo verdadero
La charla se cerró con una idea que llevaba latiendo toda la tarde bajo las anécdotas, los datos y las historias. Cánovas Mulero la enunció apoyándose en una reflexión que se atribuye, con variaciones, a distintos autores: la muerte no llega con la vejez, sino cuando se pierde la memoria.
El peligro real no es el paso del tiempo. El tiempo destruye, pero también conserva. El peligro es el olvido activo: dejar de interesarse, dejar de investigar, dejar de transmitir. Cuando nadie recuerda que Silvestre Martínez Teriuel diseñó el acueducto, Silvestre desaparece por segunda vez. Cuando nadie sabe que hay una nota de una madre desesperada en un archivo polvoriento, esa mujer muere de nuevo. Cuando los jóvenes no conocen la historia de su pueblo, el pueblo pierde una parte de sí mismo que no siempre es recuperable.
Frente a eso, la respuesta no es la nostalgia —ese vicio estéril— sino el trabajo concreto: conservar documentos, investigar el pasado, publicar, difundir, implicar a las nuevas generaciones. Los Cuadernos de la Santa. Las Jornadas de Patrimonio. La Feria del Libro. El trabajo arqueológico. El fanzine que cabe en el bolsillo. Cada uno de esos gestos, por pequeño que parezca, es una respuesta al olvido.
Epílogo: el cuenco de agua y las manos en la piedra
Al final de todo, quedan dos imágenes. La primera es la de ese campesino anónimo que le ofreció un cuenco de agua a Jerjes, el hombre más poderoso del mundo conocido, y que con ese gesto mínimo inspiró una inscripción en una fuente de un pueblo de la región de Murcia que lleva grabada en piedra desde el siglo XVIII.
La segunda es el hueco en el jaspe negro. Ese surco formado por manos que durante generaciones se apoyaron en la piedra para beber. Nadie lo diseñó. Nadie lo planeó. Se formó solo, como se forman las cosas verdaderas: con el uso, con el tiempo, con la acumulación de gestos cotidianos que nadie considera importantes y que son, en realidad, lo único que importa.
Jerjes azotó el mar. Construyó puentes y los vio destruirse. Quemó la Acrópolis. Lloró al ver su ejército. Y terminó asesinado por sus propios cortesanos. De todo ese poder descomunal, lo que ha llegado hasta una tarde de abril en la Biblioteca Municipal de Totana es una anécdota sobre un campesino y un cuenco de agua.
Quizá eso diga algo sobre lo que realmente perdura.