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Los pozos de nieve de Sierra Espuña, una secuencia de singularidad y espinas (13/09/2021)

En estos días recibimos la grata noticia de la restauración que se está llevando a cabo en los pozos de nieve de Sierra Espuña, excepcional conjunto enclavado en un entorno de singular belleza. De este enclave, el padre Manuel Ortega en el siglo XVIII escribía que, gracias al fenómeno meteorológico de la nieve, que regularmente cada invierno cubre los altos valles y cumbres de este territorio, se preserva «la salud en este abrasado reino de Murcia».

En este ecosistema, en el que la naturaleza regala su exuberancia, nuestros mayores acometieron una ingente labor recolectándola y conservándola en mastodónticas estructuras, pozos de nieve (vasos excavados en la tierra y recubiertos de piedra para facilitar la conservación del producto). Una obra sencilla en su fábrica, de sólida configuración, de atractivo diseño y realzada por las esbeltas cúpulas que cerraban algunos de ellos, pero, sobre todo, de ventajosa utilidad, una arquitectura de matices industriales que propició un mercado de favorables beneficios.

El comercio de la nieve llega a nuestro tiempo rodeado de una cierta idealización, resaltándose la gesta de aquellos arrieros que, en los cálidos meses del verano, con los bloques de hielo extraídos de los pozos, envueltos en paja, esteras y sacos, recorrían largos trayectos para surtir de este bien no solo a la villa de Totana y poblaciones inmediatas, sino a otros lugares tan alejados como Murcia, Cartagena y Orihuela. En la década de 1860 el viajero inglés Charles Davillier dejaba constancia de ese trasiego, reseñando: «reatas de asnos, excesivamente cargados, bajaban por senderos sólo aptos para cabras desde las alturas de Sierra Espuña, en interminable caravana, para conducir la nieve a lugares y ciudades vecinas, donde se vendía rápidamente, porque el hielo es en toda España artículo de primera necesidad». Para evitar el calor diurno, el tránsito se practicaba al caer la tarde y durante la noche. A pesar de la «agilidad» con que se pretendía proceder a su distribución, diversos estudios barajan una pérdida de la mercancía en el trayecto que oscilaba entre el 35% para los lugares de mediana distancia y que podría alcanzar al 50% para los más alejados. Ese suministro era posible gracias al empuje de los asalariados que, en las inclemencias atmosféricas, en contacto directo con la nieve, realizaban una empresa de especial dureza.

Nos situamos en ese escenario para acercarnos a la realidad de penurias que significaron a este quehacer, no solo con la idea de evocar la severidad de esa ocupación y empatizar con los que llevaban a cabo la actividad sino también para reconocer, rendir respeto y consideración a la valía y solidez de su esfuerzo, pues una climatología hostil y las reducidas posibilidades de equipamiento permitirían escasas comodidades. Es fácil imaginar la crudeza a la que debían enfrentarse los que bregaban en la zona. En este sentido es revelador el testimonio de Martín Moreno, referido el sufrido trabajo de su padre, en la década de 1920, en los pozos de nieve en Sierra Espuña, recordando que, para ese ejercicio, «sus valiosos pertrechos estaban compuestos de un morral con algunos higos y almendras, una navaja, una azada, un capazo y dos pares de esparteñas, las puestas para subir montaña y las de repuesto, sólo destinadas para pisar encima de la nieve y así evitar mancharla». (Cita recogida por Águila Guillén en su obra sobre esta temática publicada en 2018).

Una evidencia de estas dificultades se producía en 1779, cuando los peones de los pozos de nieve de la ciudad de Murcia, en Sierra Espuña, abandonaban su faena, argumentando las rigurosas circunstancias en que desarrollaban su misión y la falta de higiene en que se desenvolvían; por lo que, aprovechando que un fuerte temporal de agua y nieve les impedía seguir con su obligación, decidieron bajar a Totana «para mudarse de ropa», pues se encontraban «atormentados de la nieve, agua e inmundicia y llenos de piojos».

Por otra parte, la alimentación de los obreros de la nieve, que debía diferir poco de la del resto de jornaleros, era muy frugal, pues el factor o comisionado encargado les procuraba sardinas y cuando escaseaban, bacalao, pimientos y ajos, así como pan y vino.

Este contexto a menudo enrarecía la convivencia generando rivalidades, provocando situaciones de máxima violencia con motivo de tropiezos y tiranteces que surgían entre los operarios. Un momento de señalada conflictividad se ocasionaba en 1785 con la muerte de algunos de ellos en reyertas y discusiones. 

Además de las prebendas que para la hacienda pública, los ayuntamientos y los propietarios suponía el comercio de la nieve, tuvo particular transcendencia el carácter social de esta práctica. En las décadas centrales del siglo XVIII el cabildo de la Santa Iglesia Catedral de Cartagena observaba que con el rendimiento obtenido del pozo que poseía en Sierra Espuña se mantenía «el salario de las amas de cría de los niños expósitos» y «redención de cautivos». En diciembre de 1775, desde el hospicio de Santa María de Gracia de la ciudad portuaria, se agradecía al concejo de Totana las posibilidades económicas que le proporcionaba este recurso para el mantenimiento de la institución, ofreciendo, igualmente, sus servicios para acoger a los expósitos que se enviasen a aquella casa.

Son solo estos algunos de los rasgos que acompañaron a esta actividad a lo largo de los pasados siglos, presentando una breve pincelada de las tensiones y apuros que hubieron de afrontar las gentes de otras épocas, las que, a pesar de las adversidades de su caminar, supieron vencer los infortunios y tribulaciones para transmitirnos un legado de fidelidad a su compromiso en la vida, un aroma que nos convoca a superar las contrariedades, invitándonos a construir un futuro con horizonte y esperanza. 

Fuente: Juan Cánovas Mulero
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