Un viaje por la historia viva de la Torre de Santiago

Con motivo del Día Internacional de los Museos, la técnica de Turismo Belén Cánovas ofreció una visita guiada por los noventa escalones de la torre, desde los materiales de La Bastida hasta el lenguaje perdido de las campanas

La Torre de Santiago está tan integrada en el paisaje cotidiano de Totana que para muchos vecinos forma ya parte de una imagen automática: la plaza, la iglesia, las campanas, el perfil del ladrillo recortándose sobre el cielo. Este sábado 16 de mayo, con motivo del Día Internacional de los Museos, numerosas personas tuvieron la oportunidad de mirar ese símbolo con otros ojos y descubrir que tras sus noventa escalones no solo hay una construcción histórica, sino siglos de memoria, leyendas, arte, tragedias y formas de vida que ayudan a entender cómo se ha configurado Totana a lo largo del tiempo.

De trastero a museo: la segunda vida de la torre

La visita guiada, organizada desde la Concejalía de Turismo  y conducida por la técnica municipal Belén Cánovas, comenzó en la planta baja, hoy convertida en sala expositiva, donde pudieron visualizar un documental. Hace no demasiados años, sin embargo, la realidad era bien distinta. "Durante un montón de tiempo la torre estuvo abandonada", explicó Belén a los participantes tras finalizar el vídeo. "Era como un trastero que todos tenemos en casa, que vamos acumulando cosas. Había una fotocopiadora aquí. Un desastre." El cronista oficial de la ciudad, Juan Cánovas Mulero, confirma esa imagen: la torre había sido durante siglos el almacén del templo, el lugar donde acababa todo aquello que ya no servía en ningún otro sitio.

La recuperación comenzó en 2007 con una restauración impulsada con el apoyo del Ayuntamiento, la Comunidad Autónoma y la propia parroquia. En 2018 llegó la musealización, el proceso que convirtió el espacio en lo que es hoy: un recorrido histórico y cultural que, según explica el cronista, pretende que el visitante entienda "la historia de Totana, la importancia que tiene la fe dentro de la configuración de la propia realidad urbana y nuestra evolución histórica". No solo una visita de curiosidades, insiste Cánovas Mulero, sino un encuentro con las raíces del municipio.

A lo largo de todo el recorrido, la labor de documentación e investigación del cronista resultó fundamental. Su trabajo ha sido el que ha dotado de contenido y argumento a cada una de las salas, convirtiendo la torre en un lugar donde el visitante no solo contempla objetos, sino que comprende el contexto en el que surgieron.

Cuatro mil años en tres vitrinas

Nada más entrar, las vitrinas de la planta baja permiten iniciar un recorrido temporal que va de la prehistoria a la época romana en apenas unos metros. La primera pieza a la derecha es un material original procedente de las excavaciones realizadas en La Bastida entre 2009 y 2010, uno de los yacimientos de la Edad del Bronce más importantes de Europa. "Esto nos habla de una población de hace más de cuatro mil años", señaló Belén Cánovas. A su lado, una pieza ibérica procedente de Las Cabezuelas y un fragmento romano completan una secuencia que demuestra algo que merece detenerse a pensar: el territorio de Totana lleva habitado de forma prácticamente continua desde la prehistoria.

"Vivimos aquí en nuestro tiempo, pero tenemos que pensar que durante más de cuatro mil años la zona de este entorno ha sido poblada", subrayó la guía. Esa perspectiva temporal fue el hilo conductor de toda la visita: mirar el presente desde la profundidad de un pasado que en Totana tiene una densidad extraordinaria.

El misterio del laberinto pagano

Uno de los elementos que más curiosidad despertó entre los asistentes fue el conocido como "laberinto pagano", una pieza hallada de forma completamente descontextualizada durante trabajos de restauración en la zona del altar mayor. "No sabemos ni cuándo, ni quién, ni por qué la puso ahí", reconoció Belén Cánovas. La pieza apareció simplemente allí, sin registro, sin explicación, sin contexto.

Lo que sí se sabe es que el símbolo del laberinto está presente en la historia humana desde la prehistoria, vinculado a tradiciones mágicas y esotéricas que han atravesado culturas y siglos. Su diseño recuerda a los laberintos tallados en los castros del noroeste peninsular, aparece después en el mundo romano —el laberinto del Minotauro— y llega a las grandes catedrales medievales europeas, como la de Chartres, donde ocupa el centro de la nave. Más tarde pasa a los jardines de los palacios renacentistas y barrocos, siempre con ese sentido esotérico que lo acompaña desde el origen.

El hecho de encontrar un símbolo pagano en el interior de un templo cristiano generó expectación cuando se descubrió, y sigue siendo uno de los aspectos más comentados por quienes lo ven por primera vez. La propia antropóloga que participó en las jornadas del Día Internacional de los Museos quedó fascinada con la pieza. Mientras el grupo observaba la pieza, un niño intentaba seguir el recorrido del laberinto con el dedo, en una escena que resumía perfectamente el espíritu divulgativo de toda la jornada.

La construcción de la torre y el símbolo de Totana

Antes de comenzar el ascenso por los noventa escalones que llevan hasta el campanario, el cronista Juan Cánovas Mulero sitúa históricamente la construcción del conjunto monumental. El templo de Santiago comenzó a levantarse entre 1541 y 1567, pero le faltaba algo: la torre. El campanario tiene un valor simbólico que va más allá de lo arquitectónico, porque el sonido de las campanas también forma parte de la identidad cultural de los pueblos. Y Totana no podía prescindir de ese elemento.

La construcción de la torre fue un proceso complejo. La primera traza parece haber sido configurada por Jerónimo Quijano, maestro mayor de la diócesis y figura vinculada también a la Catedral de Murcia, que estuvo en Totana a finales del siglo XV. Después intervinieron varios arquitectos y maestros de obras, entre ellos Juan Zavala y Francisco Aranda, ninguno de ellos natural de Totana. Las obras no se completarían hasta principios del siglo XVII, concretamente entre 1607 y 1608, tras años de peticiones y autorizaciones a la Orden de Santiago. El resultado, sin embargo, acabaría convirtiéndose en el principal símbolo visual de la ciudad y en uno de los elementos más reconocibles de todo el Valle del Guadalentín.

La Orden de Santiago y el control de la vida cotidiana

La primera gran parada del recorrido tuvo lugar en la sala dedicada a la Orden Militar de Santiago, institución fundamental para entender la historia local durante siglos. Belén Cánovas lo explicó con una didáctica que combinó rigor histórico y comparaciones actuales: "Son mitad monje, mitad caballero. Llegan aquí de la mano de Alfonso X el Sabio, que en 1257 les dona las tierras de Totana y Aledo para que establezcan el orden en una zona fronteriza durante la Reconquista."

La Orden actuaba como una autoridad fiscal y administrativa. Los campesinos debían entregar parte de sus cosechas independientemente de las dificultades que atravesaran. "Los campesinos les llamaban los lagartos", explicó Belén, recordando cómo los caballeros llegaban a los territorios y se llevaban su parte de la cosecha como el lagarto que vacía el nido. "Tuviese o no tuviese, tenías que darle la parte de esa cosecha." No eran especialmente queridos, reconoció, pero mantenían el orden y la paz en un territorio vasto y difícil.

El cronista añade que la Orden configuró absolutamente todos los aspectos de la vida cotidiana en Totana desde el siglo XI hasta el siglo XIX, y que ese dominio queda reflejado en las Constituciones Sinodales del siglo XV, donde se regulaban cuestiones que hoy resultarían impensables. Uno de los ejemplos más impactantes que se mencionaron durante la visita fue la obligación de practicar una cesárea post mortem a las mujeres embarazadas fallecidas para poder bautizar al feto antes del entierro. "Para que veáis hasta qué punto la Orden lo marcaba absolutamente todo", señaló Belén Cánovas.

La sala sirvió también para reflexionar sobre la pérdida de patrimonio histórico sufrida durante el siglo XX. Belén lamentó especialmente la desaparición de edificios como la antigua Casa de la Encomienda —donde estaba la parada de autobús— y la Plaza de Abastos de la Plaza de la Balsa Vieja, demolidos durante las décadas de desarrollismo urbanístico previas a la Ley de Patrimonio de 1985. "No solo ocurrió en Totana", matizó. "En Murcia se cargaron unos baños árabes para construir la Gran Vía. Pero eso no lo hace menos doloroso."

El ascenso: noventa escalones y un rezo en la oscuridad

A medida que los visitantes avanzaban por las estrechas escaleras de ladrillo, el ambiente cambiaba progresivamente. Los escalones se hacían más altos y el silencio aumentaba. La subida coincidió además con la Jornada de Adoración de 24 horas ante el Santísimo Sacramento celebrada en el interior de la parroquia, lo que obligó a realizar parte del recorrido en voz baja, creando una atmósfera inesperadamente íntima.

Mientras el grupo subía en silencio, desde el interior del templo llegaban las palabras del rosario: "Dios te salve, María, llena eres de gracia..." El contraste entre el grupo de visitantes contemporáneos subiendo con sus móviles y la voz de la oración resonando en las bóvedas fue uno de esos momentos que ninguna descripción puede preparar del todo.

El coro alto y el artesonado mudéjar

Desde el coro alto se abre una de las imágenes más impresionantes de toda la visita. La enorme nave central aparece de repente ante los visitantes mostrando la monumentalidad de un templo que es, como recordó Belén Cánovas, el tercero más grande de la Región de Murcia tras la Catedral de Murcia y la Colegiata de San Patricio de Lorca. La sillería original del coro desapareció durante la Guerra Civil, cuando las estructuras de madera fueron utilizadas como combustible. El actual coro, construido después del conflicto, permite contemplar el interior desde una perspectiva privilegiada que los visitantes habituales de la parroquia raramente tienen.

Desde esa altura se aprecia también uno de los elementos más extraordinarios del templo: el artesonado mudéjar que cubre la nave central. Juan Cánovas Mulero sostiene que se trata, probablemente, de la armadura de par y nudillo más extensa conservada en su estilo en la región. Fue realizada con madera de pino salgareño procedente de la Sierra del Segura y ejecutada por el taller de Esteban de Riverón, el mismo maestro que trabajó en el Santuario de La Santa.

La restauración permitió descubrir lo que Belén definió como auténticas "cápsulas del tiempo": entre las vigas aparecieron monedas de la época de Felipe II, estampas religiosas y pequeños fragmentos de aleluyas ocultados por los propios artesanos durante la construcción. Los restauradores contemporáneos decidieron continuar la tradición dejando también mensajes y objetos escondidos para las generaciones futuras. Desde esta altura también se aprecia el gran retablo barroco realizado en torno a 1670 por Antonio Caro "el Viejo", cuya riqueza decorativa contrasta con la sobriedad geométrica de la cubierta mudéjar.

El cuarto de los novios, la pintora del siglo XVIII y el arte recuperado

La siguiente parada condujo al conocido como "cuarto de los novios", una de las salas más populares y rodeadas de tradición oral. El cronista explica que el origen exacto del nombre no está del todo claro, aunque sí existen referencias mediterráneas relacionadas con las fugas de parejas jóvenes que, ante la oposición familiar o las dificultades económicas, buscaban refugio temporal para forzar la aceptación del matrimonio. Belén Cánovas narró la conocida leyenda de la joven que, tras pasar la noche en la torre durante una gran riada, descubre al amanecer que la vivienda de sus padres ha sido destruida por el agua y se arroja desesperada a la rambla. Cánovas Mulero reconoce que no hay documentación histórica que confirme la historia y la considera más probablemente una leyenda romántica surgida durante el siglo XIX.

Más allá del relato popular, la sala alberga piezas de notable interés artístico. Entre ellas destaca una Inmaculada procedente del antiguo hospital de la Purísima, pinturas de los Evangelistas y varias obras vinculadas a la saga de pintores locales de la familia Martínez, una de las más productivas de la historia artística local. El cronista explica su trayectoria: el abuelo Silvestre Martínez Vélez, el hijo Silvestre Martínez Teruel y las hermanas pintoras, entre las que destaca María Josefa Martínez Aledo.

Es precisamente la figura de María Josefa Martínez Aledo la que más llama la atención desde el punto de vista histórico. Pintora del siglo XVIII, su firma en una obra constituye una rareza excepcional para la época: una mujer artista plenamente identificada en un mundo donde eso era casi inimaginable. Su trabajo se puede encontrar también en la iglesia de Bullas, donde realizó unas pechinas dedicadas a los Evangelistas. Belén subrayó durante la visita la importancia de evitar que muchas de estas piezas terminen dispersas en anticuarios o colecciones privadas, y de reconocer el valor de quienes las han recuperado para la memoria colectiva.

El reloj que daba las horas cuando quería Dios

Antes de alcanzar el campanario, el grupo pasó junto a la antigua maquinaria del reloj. Durante siglos, esa estructura de engranajes y mecanismos marcó el ritmo cotidiano de Totana, aunque su precisión distaba mucho de lo que hoy damos por descontado. Una popular copla decía que el reloj de Totana "daba las horas cuando quería Dios". El mantenimiento constante que requería la maquinaria exigía la presencia de relojeros especializados capaces de ajustar su funcionamiento manualmente.

Entre las figuras vinculadas históricamente a la torre aparece de nuevo Silvestre Martínez Teruel, ese personaje polifacético que ejerció como relojero, campanero, fundidor de campanas y diseñador del sistema hidráulico que llevó el agua desde La Carrasca hasta la fuente de la plaza. Su huella en la historia de Totana es tan extensa que resulta difícil entender por qué no tiene aún más reconocimiento en el municipio.

El campanario: el lenguaje perdido de las campanas y los piratas de la costa

El tramo final de la subida llevó a los visitantes hasta el campanario, a unos veinte metros de altura. Allí, mientras comenzaban a sonar las campanas de las ocho de la tarde, Belén Cánovas explicó el complejo lenguaje sonoro que durante siglos permitió comunicar a toda la población los acontecimientos de la vida colectiva.

Cada toque tenía su significado. El toque a muerto anunciaba un fallecimiento, y el sonido variaba según se tratara de un hombre, una mujer o un niño. El toque de parvulitos comunicaba específicamente la muerte de un menor. El toque a nublo alertaba de tormentas peligrosas que podían destruir los cultivos en la sierra. El toque a arrebato convocaba a los vecinos ante una emergencia: un incendio, un ataque, cualquier peligro que requiriera una respuesta colectiva inmediata. La guía relacionó este último con las recientes inundaciones vividas en Valencia, explicando cómo antiguamente la población sabía perfectamente que debía subir a las zonas altas en cuanto sonaba la alarma de riada.

El cronista añade un detalle que pocas personas conocen: desde el campanario, durante mucho tiempo, se podían ver las fogatas que se encendían en la costa cuando había peligro de ataques de piratas berberiscos. Desde esta altura se establecía una conexión visual con Mazarrón y Cartagena, y desde Totana se podía acudir en su auxilio o al menos alertar al resto del territorio. La torre no era solo el corazón espiritual de la villa; era también su sistema de comunicación con el mundo exterior.

Juan Cánovas Mulero explica además que la campana más antigua conservada data de 1450, lo que la convierte en un objeto anterior a la propia construcción del campanario. Nadie sabe exactamente de dónde viene ni quién la trajo. Lo que sí se sabe es que en el siglo XVII el obispo vino a bendecirla, pero en el registro no dejó constancia de su procedencia. Ese misterio ha acompañado a la campana durante más de cinco siglos. La campana mayor, en cambio, sí tiene autor conocido: la realizó Silvestre Martínez Teruel, alcanza los ochocientos kilos de peso y se llama Jesús María. La tercera recibe el nombre de Santa Eularia y data de 1984.

Belén explicó también el funcionamiento práctico del campanario antes de la automatización. Los campaneros, a veces un solo hombre, tenían que coordinar varias cuerdas a la vez para producir los toques correctos, casi como un hombre orquesta. Cuando el toque no requería subir hasta el campanario, se tiraba de las cuerdas desde la puerta de entrada, donde aún se conserva el hueco y el rodillo por el que pasaban. A partir de cierta hora de la noche, las campanas callaban hasta el día siguiente.

Las tabletas: el sonido del viernes a las tres

Uno de los detalles más particulares de la Torre de Santiago es uno que muchos vecinos de Totana escuchan cada semana sin saber exactamente de dónde viene. Todos los viernes a las tres de la tarde suenan las tabletas, ese instrumento de madera que en Semana Santa reemplaza a las campanas como señal de duelo por la muerte de Cristo. La tradición de que las tabletas sonaran únicamente en Semana Santa es antigua. Pero hace unos años, siendo párroco don José Ruiz, se pensó que sería interesante y simbólico que sonaran también cada viernes a la hora de la muerte de Cristo. Al principio, reconoce el cronista, la gente pensaba que era un error. Pero con el tiempo se ha convertido en una señal cotidiana que distingue a Totana y que muchos vecinos tienen ya interiorizada sin conocer necesariamente su origen.

En la torre se conserva además una máquina donde están grabados todos los toques tradicionales, incluido el de las tabletas. Durante las visitas guiadas, los participantes pueden escucharlos reproducidos, lo que permite comprender de forma audible un lenguaje que durante siglos fue la banda sonora de la vida en Totana.

Totana bajo la protección de sus templos

Desde el campanario también se comprende mejor la disposición histórica del casco urbano. El cronista Juan Cánovas Mulero explica el concepto de témenos, ese espacio de protección espiritual que en la antigua Grecia se configuraba en torno al templo para dar seguridad y amparo a la comunidad. Totana construyó su propio témenos a lo largo de los siglos: ermitas y conventos situados en distintos puntos cardinales de la población formaban un cinturón de protección frente a epidemias, sequías y desgracias colectivas.

Al norte, la ermita de San José. Al sur, la de San Roque. Al este, los frailes capuchinos, que primero fueron alcantarinos desde 1602 hasta la desamortización de Mendizábal, y que regresaron a finales del siglo XIX. Al oeste, lo que hoy es la Capilla de la Milagrosa, que fue el primitivo templo dedicado al apóstol Santiago, después la ermita de la Concepción y más tarde el Centro Sociocultural. En el espacio que fue cárcel del partido se construyó también la iglesia de los Santos Médicos. Toda una geografía de la fe que protegía simbólicamente el núcleo urbano y que hoy, vista desde el campanario, sigue siendo perfectamente legible.

Mientras los asistentes buscaban desde la altura del campanario las calles donde viven actualmente o reconocían edificios del casco antiguo, el sol comenzaba a caer tras el Castillo de Aledo, recordando el lugar donde siglos atrás se refugió la población antes de descender definitivamente al valle tras la conquista de Granada en 1492.

Una torre que sigue contando la historia de Totana

La visita concluyó entre fotografías de grupo, comentarios de los asistentes y el sonido de las campanas resonando sobre la Plaza de la Constitución. Belén Cánovas invitó a los participantes a volver a mirar la torre de otra manera cuando pasen por la plaza cualquier tarde, recordando incluso la leyenda de la muchacha que, según la tradición popular, todavía se aparece algunas noches de septiembre en lo alto del campanario.

La jornada permitió comprobar cómo la Torre de Santiago continúa funcionando como un auténtico símbolo de Totana. No solo por su valor arquitectónico, sino porque en sus salas y en sus campanas se concentran siglos de memoria local: desde los primeros asentamientos prehistóricos hasta las epidemias, las riadas, la Orden de Santiago, la religiosidad popular, las leyendas románticas, los piratas de la costa, las alertas de tormenta, las obras de arte salvadas del olvido y el misterio de una pieza pagana que nadie sabe cómo llegó al altar mayor de un templo cristiano.

Quienes quieran realizar la visita pueden hacerlo a través de la Oficina de Turismo de Totana, que gestiona las reservas y organiza los grupos. La visita guiada tiene noventa escalones y, según promete el propio cronista, ningún momento de angustia.

Este sitio web utiliza cookies para facilitar y mejorar la navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. POLITICA DE COOKIES